Saturday, September 22, 2007

Diario : Clarín 20/09/2007, Arg.


CINE : CRITICA. LOS ESTRENOS DE LA SEMANA

Los años de la adrenalina
En su segundo filme, Fito Páez optó por una comedia ambientada en los '80, con desbordes y mucha libertad creativa

mfrias@clarin.com


Hay que reconocer, entre otras virtudes artísticas de Fito Páez, su insistencia en tomar riesgos, su obstinación en transitar territorios no tan conocidos, complejos, incluso adversos. La crítica general a su opera prima, Vidas privadas (que acá no será objeto de revisionismos), habría devuelto a otro compositor a la "comodidad" de su música exitosa. Páez, en cambio, habló de un derecho de piso que le cobraban por cambiar de arte, estampó su enojo en alguna estrofa, pero no se inmovilizó: rodó un filme radicalmente distinto al anterior, sin saber que se estrenaría en tiempos favorables -otra vez- a las historias viscerales.

Ahora tiene dos películas: una filmografía breve y a la vez ecléctica. ¿De quién es el portaligas? funciona, en casi todos los aspectos, como lo opuesto a Vidas privadas: Fito pasó del dramatismo solemne, del intento de rigurosidad estilística, a la comedia crispada, satírica, espasmódica, desbordada. Diríamos, también, fluida: tanto por su vertiginoso devenir como por la cantidad de fluidos que sueltan sus personajes, exaltados por la movida rosarina de los '80, las pulsiones juveniles y las ayuditas químicas. Esta montaña rusa existencial y cinematográfica, cercana al universo Páez, le sienta bien al filme.

A Fito le cuestionan que sea abiertamente autorreferencial, lo que no es bueno ni malo, sino marca creativa. Es cierto que casi todos los elementos de su opus dos pueden hallarse en sus canciones: las mujeres como centro y abrigo existencial, Rosario como geografía iniciática, la "familia" como concepto que excede lo biológico; el amor, el sexo, los celos, la música, los egos, los vaivenes anímicos, los excesos. Luego, la redención de los hijos y la amistad persistente. Todo con impecable fondo musical: algo así como la banda sonora de la juventud de Fito. Temazos del rock nacional, que marcaron los '80, en bellas versiones, como la de Cinema Verité, de Seru Giran.

¿De quién es... comienza con tres mujeres (Romina Ricci, Julieta Cardinali y Leonora Balcarce) mirando, en la actualidad, filmaciones caseras ochentistas. La película se transforma en un flashback de aquellos años de adrenalina y bordes: con dos amigas disputándose a un músico (Gonzalo Aloras, algo desangelado para un personaje que causa tanto fervor sexual) y una tercera amiga que intenta mediar y que, tras un accidente en clave de absurdo, ayuda a buscar un corazón para un trasplante.

Desde ahí, la película se convierte en un torbellino -argumental, montajístico, musical- que va mutando de la comedia absurda al thriller, del melodrama al western: con total libertad creativa, algunos planos secuencia logrados y también desniveles. La estética remite, como el mismo Páez admitió o exaltó en entrevistas, al antiguo Almodóvar, el influido por la movida madrileña posfranquista. En este punto, hay que aclarar que el cine de Páez -con su vértigo, sus personajes satíricos y sus situaciones desenfrenadas- no siempre alcanza el encanto, el sentido del humor ni la solidez narrativa del de su ídolo manchego.

¿De quién es... rebosa además de homenajes -a veces demasiado obvios, aun cuando sean formulados paródicamente- a otros realizadores: John Cassavetes, Michelangelo Antonioni, Ridley Scott, Quentin Tarantino, Francis Ford Coppola. Las actuaciones de las tres protagonistas, cuyas personalidades son acertadamente diversas y confluyentes, están logradas. Los secundarios y cameos, una sucesión de personajes interpretados por actores famosos -el popurrí va de Darío Grandinetti a Pablo Granados; de Cristina Banegas a Lía Crucet; de Lito Cruz a Duilio Marzio-, muestran altibajos. Como la película. Película que, aun en sus puntos menos logrados, transmite su energía, su descontractura, su celebración de los buenos viejos tiempos. Fito demostró, como dice la canción, que puede compaginar la inocencia con la piel.

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