Wednesday, September 05, 2007

SIN MIEDO AL RIDICULO por Gustavo Noriega.

SOBRE LO NUEVO DE MICHAEL MOORE Y FITO PÁEZ
Sin miedo al ridículo

Por: Gustavo Noriega. El otro día conversaba con Fernando Lema, un santo varón, productor de La Cornisa, a quien le gusta el cine. Hablábamos de una película catalana, Ficción, que a los dos nos había gustado aunque yo le encontraba una objeción. “Demasiado fina”, le dije en algún momento. Me preguntó qué quería decir con eso y balbuceé algo sin demasiada inteligibilidad. Fernando asintió con amabilidad como si entendiera pero yo me quedé con la sensación de estar en deuda, cosa que espero solucionar al menos en parte con esta nota.


Lo que yo encontraba en aquella película era un predominio del buen gusto en la música, en los personajes, en la ambientación, todo era fino y sobrio, cuidado y delicado. ¿Qué puede tener de malo esto? Que a partir de cierto momento puede provocar la sensación de cálculo, de elegir deliberadamente un territorio sin riesgos, de quedarse corto por no explorar territorios que no sean conocidos.

La idea se me hizo más clara esta semana, viendo dos películas prontas a estrenarse. Ambas películas están llenas de defectos pero al mismo tiempo me provocaron una impresión grata y un entusiasmo mayor al de Ficción.

La primera es Sicko, el documental de Michael Moore sobre el sistema de salud de los EE.UU. Los defectos de las películas de Michael Moore son tan evidentes como sus encantos. El Gordo no duda en pegar el golpe bajo que sea necesario, ni presentar con seguridad las estadísticas más dudosas, ni interrogar haciéndose el tonto cuando ya tiene una opinión totalmente formada sobre el tema en cuestión. Todo eso está en Sicko, pero también una voluntad de abrirse al mundo muy llamativamente en un norteamericano. Moore viaja a Canadá, Inglaterra, Francia y nada menos que Cuba para demostrar que todos sus sistemas de salud son mejores que el norteamericano. La película es muy emocionante y por suerte no tiene ninguna escena como la de Bowling for Columbine en la que maltrata con malas artes a Charlton Heston. Tampoco es Nelson Castro, digamos como modelo de corrección, pero su desfachatez y una vibrante voluntad de molestar al norteamericano medio le dan a la película un interés especial y una emotividad profunda.

La segunda es la nueva obra de Fito Páez, ¿De quién es el portaligas? Hacía mucho que no la pasaba tan bien con una película argentina y, al mismo tiempo, hacía mucho que no veía en una película decente chistes tan malos y tan simpáticos. Fito hizo una película feliz y veloz, puso a todos sus amigos en distintos papeles, algunos de una arbitrariedad escandalosa, pero misteriosamente esa autoindulgencia, en un clima alegre y disparatado, funciona muy bien. Todo se vive como una fiesta en los ochenta, con las correspondientes dosis de sexo, drogas y rock and roll. La vitalidad y la frescura de la película son infrecuentes para el cine nacional.

Tanto Sicko como ¿De quién es el portaligas? son dos ejemplos perfectos de película que no le tienen miedo al ridículo ni se limitan a explorar lo conocido para conseguir aprobación. No son películas finas, pero son buenas

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